jueves, 25 de abril de 2013

JORDI ÉVOLE NOS TRAE A LA MEMORIA EL ACCIDENTE DEL METRO



Fue un tres de julio de 2006. Alrededor de las 12h la Cadena Ser daba la noticia, mucha confusión, enorme tragedia, muertos, heridos, sirenas de ambulancias y de policía, un tren de la línea 1 del Metro había sufrido un grave accidente...El número de muertos variaba sin cesar, dos, once, dieciocho...y los heridos, lo mismo.

¡Mi hijo! El segundo de mis hijos no respondía al teléfono. Solía coger ese tren, no tenía hora fija, dependía del turno de trabajo. ¿A qué hora entra hoy? Desespero en las llamadas sordas...Tampoco podía coger el coche y dirigirme a Valencia, era imposible. Mi pierna izquierda estaba fracturada y una enorme escayola, atenazándola, me tenía inmóvil en casa; a lo sumo podía desplazarme unos metros en silla de ruedas. Estaba sola. Esa primera quincena de julio estuve completamente sola. El resto estaba de vacaciones, por ahí, escapando del bochornoso calor.
¡Por fin! Un enorme escalofrío me atrapó al oír la voz de mi hijo; tenía apagado el móvil, la atención absorta en su trabajo y casi no se había enterado de la enorme desgracia.

Tras el descanso por saber de mi hijo, me volqué en saber qué tragedia había sufrido Valencia. Sobre las quince horas el diario Levante-emv abrió un foro, ''ACCIDENTE EN EL METRO''. Allí entré en seguida, la participación se amontonaba, allí se vertían opiniones y también noticias de lo sucedido: 34 fallecidos y 37 heridos, algunos muy seriamente. El mayor de los accidentes de metro de la historia.

Valencia estaba engalanada de fiesta gualdiblanca.  Los balcones, ventanas, farolas, todo lucía para la fiesta que se estaba preparando. Venía el Papa al V Encuentro Mundial de las Familias el día 8. Se había alzado un altar efímero de 2000 metros cuadrados que, de un coste aproximado de 600.000 euros, pasó a 20 millones. Había ''pastuqui'' en Valencia. Correa lo sabía y aquí estaba El Bigotes para hacerse cargo de todos los montajes (in)necesarios. La Gürtel se había instalado a sus anchas en  esta tierra.

Los peregrinos voluntarios iban y venían procurando que todo lo que en su mano estuviera pudiera salir bien ante la llegada del esperado, del pontífice. Otros, en cantidad, lucían camisetas con el lema ''Jo no t'espere'', indignados, además por el despropósito de dinero que se veía escapar en el recibimiento papal.

Pero en medio de aquel ambiente festivo se produjo la tragedia. A los políticos se les torció el morro. A ver si estos desgraciados venían a morirse justo ahora, para aguar la fiesta. Todos los grandes habían renovado su vestuario de gala. Hasta Rita iba a lucir un traje chaqueta blanco, como una feliz y virgen novia, en lugar del rojo acostumbrado, mantendría las perlas, pero estrenaba bolso de Vuitton -luego supimos de la oscura procedencia del regalo.

Hubo prisas en la recogida de los muertos. Tantas que, al cabo de unos días seguía habiendo en el túnel pequeños restos humanos esparcidos y mezclados con los fragmentos de hierro procedentes del tren. Desconozco si este detalle escabroso llegó a saberlo algún familiar de aquellas tristísimas víctimas.

Había que hacer un funeral por aquellos muertos. Felipe y Letizia estuvieron en representación de los reyes (hacía demasiado calor para que se desplazasen a Valencia). La ceremonia tuvo lugar en la Catedral. García-Gasco ofició. No recuerdo un funeral más triste por lo fingido de las condolencias. No había dolor más que en las víctimas y amigos de ellas. Las autoridades tenían prisa, demasiada prisa por quitarse de encima a esos inoportunos muertos. Los coches fúnebres cargaron los ataúdes, y allá marcharon, al hoyo de sus respectivos pueblos.

De inmediato, la alegría se apropió nuevamente de Valencia. El impasse de la incomodidad había sido superado con éxito. Todo estaba atado y bien atado para recibir a Ratzinger...

La mayor de las inmoralidades estaba por venir. Ninguna responsabilidad, ni penal ni política pagaron los mandamases. La culpa se echó a otro muerto, el maquinista. La velocidad era excesiva, dijeron.

Todo se podía haber evitado con una simple baliza que hubiera frenado el tren. Una baliza que valía tres mil euros, simplemente tres mil euros.

Se amordazó a los técnicos de FGV para que mintieran en la Comisión de Seguimiento. Lo hizo la anterior gerente, Marisa Gracia, que despilfarró en dinero lo que no puede saberse, lo que obliga ahora a un forzado ERE, por el que muchos trabajadores van a perder su puesto de trabajo ganado por oposición.

Ni el entonces Conseller de Transportes, García Antón, ni el Presidente de la Generalitat, Camps, se dignaron jamás a recibir a las víctimas. Su soberbia y su desprecio no tienen nombre, solo están acordes con la calaña de gentuza sin alma que son. Si criminales fueron llamados los responsables de los desahucios actuales, cómo de criminales y canallas  fueron los comportamientos  de estos cuerpos, que no alcanzan el nombre de personas.

43 muertos + 47 heridos = 0 responsables. Es el resultado.

Ahora, Jordi Évole, con la maestría que le es conocida y admirada, viene a recordarnos aquella terrible pesadilla.





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