miércoles, 17 de agosto de 2011

¿SE RESPETA LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA?

"España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político". (Art.1.1).

"Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". (Art.16.3).

"Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico".  (Art.9.1).

"Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social". (Art. 14). 

Con el hecho tan simple de leer atentamente los artículos citados de la Constitución Española vigente, la que nos dimos todos en 1978, las discusiones acerca de la visita de Benedicto XVI y las circunstancias y boatos que la abrigan están de más. Con toda claridad se está vulnerando nuestra Constitución, la que ampara el derecho de todos los españoles.

La manifestación laica que discurrirá hoy por Madrid no ataca a nadie, simplemente exige el respeto a la Constitución y a los Derechos Humanos proclamados en 1948. Esta marcha laica defiende la libertad del ser humano en un Estado democrático y la capacidad de pensar por sí mismo. No va contra nadie, no se inmiscuye en ninguna creencia o convicción religiosa. Lo que sí exige es que no haya injerencias en cuestiones de Estado, ni del dinero público -que es de todos-  ni se vulneren los derechos humanos fundamentales.


Cartel de la Manifestación Laica
Sin embargo, desde el Partido Popular y sus correligionarios no paran de lanzar dardos envenenados contra aquellos que manifiestan su disconformidad  por la forma en que se va a recibir al jefe de la iglesia católica. El dinero de todos ahí estará para lo que haga falta. Madrid, convulso durante días por el recibimiento de este señor y su corte celestial. Su visita a Valencia todavía no se sabe los millones de euros que costó de los bolsillos de los valencianos y, para mayor burla, fueron gran parte de ellos a la trama Gürtel de la que Rajoy se hace el olvidadizo. La esposísima vomita que "la manifestación (laica) son ganas de provocar". Sabemos que su marido no votó la Constitución, y tampoco ella parece muy amante de la legalidad. De forma parecida se expresan la condesa-consorte-de-las-mil-vidasAlberto, dueño de Madrid y sus incontables deudas, Ana-jaguar-no sabe-no-contesta y la conferencia episcopal puesta en pie de guerra.

Ahora bien, que 'dirigentes socialistas' hablen de forma semejante es de un deshonestidad bochornosa. Abominan de su supuesto socialismo. Qué diferencia existe entre las palabras de doña Ana y las de Bono, "la visita de Papa es una bendición en términos laicos", y las de Blanco condenando la marcha laica.

Bono y Blanco más que devotos socialistas lo son de sí mismos. Hablan y se escuchan. Se relamen como gatos presumidos.

Blanco y Bono se alaban mutuamente
El ministro Blanco siempre nadando entre dos aguas. Resulta ahora que va a estar muy a gustito participando en la misa del Papa en Cuatro Vientos. Además afirma que los fastos de la multitudinaria visita no van a costar ni un euro al erario. Pues la mar de contentos todos.

Sólo falta que retire la Ley de Memoria Histórica, que puede dañar la sensibilidad de Ratzinger y de Rouco con los legítimos recuerdos de los asesinatos bendecidos por el Vaticano y su curia. Quizá también habría que renegar de las leyes que amparan el divorcio, sea exprés o de calcetín. Y, por supuesto, se abolirían las leyes que amparan el aborto y la dignidad del ser humano en los momentos últimos de su vida. Hay que sufrir. Aparearse a través de un matrimonio como Dios manda y procrear cuanto se pueda para ofrecer hijos a mayor gloria de esta iglesia. Hay que extinguir el verdadero amor, que no distingue entre un sexo u otro,  en pro de la unión de toda la vida. El amor no importa, sólo el poder y el dinero.

También habrá que reformar la Constitución, y donde dice Estado laico deberá decir Estado católico. No hay más. Que el Vaticano esté contento. Nosotros, los españolitos de a pie, a callar y acatar. Que para eso el Papa  viene no como jefe del Estado Vaticano, sino como el líder de una determinada confesión religiosa, el catolicismo. Representante de una cristiandad muy alejada del mensaje de Jesús, el cristianismo.

El otro gran ejemplo de este encontrarse 'entre pinto y valdemoro' nos lo está dando constantemente el presidente de las Cortes, José Bono -de familia franquista de toda la vida- que por sus palabras muestra serias dudas entre las lindes del PSOE y las del PP.

La cama ya está hecha para Rajoy. Con personajes como estos entre los dirigentes del Partido Socialista el camino a Moncloa es una alfombra de pétalos de rosas rojas arrancadas del alma de Pablo Iglesias y por las que trotará Mariano, María de los Dolores, Javier, Sorayita, Ana, Esteban...con la protección  de la guardia suiza y bajo palio todos ellos.

El neoliberalismo se ha impuesto acunado por la crisis internacional. Poco queda de la socialdemocracia. Y en España algunos, en teoría socialistas, se apuntan a cualquier cosa con tal de contemplarse en el espejo de su yoídad autocomplaciente. Su ambición es tal que pasan por encima de todos los principios hasta caer en sus propias contradicciones.

Rubalcaba procura acercarse a la ciudadanía y neutralizar los avances inmisericordes de un PP obsceno en sus mentiras y sus ausencias en ayudar a unos ciudadanos en situación crítica, a los que acabará de ahogar tras el 20-N.

Mientras, otros que manipulan al Partido Socialista hacen sus propias guerras para mantenerse en el poder. Se ve tan claro desde una cierta distancia que parece increíble que el candidato sea tan cegato y confiado respecto de los que se rodea. Rubalcaba podría vencer en esta titánica labor frente a un Rajoy indolente. Pero necesita liberarse de tantos 'brutos' que pululan a su alrededor solo a la espera de un buen bocado.

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