martes, 15 de junio de 2010

OSORO Y EL LAICISMO


El arzopisbo de Valencia, Carlos Osoro, ha plantado las orejas ante el anuncio del Gobierno de España acerca de la Ley de Libertad Religiosa: reconocer  los derechos de todas las confesiones presentes en este país y no priorizar las símbolos de la religión católica en  los centros públicos; con ello no se hace más que poner al día el  estado aconfesional que refleja la Carta Magna de 1978 en su artículo 16.3.

En su carta semanal, el arzobispo Osoro confunde deliberadamente "aconfesionalidad" con "laicismo", sustantivo al que añade con toda intención el adjetivo peyorativo de "radical". Los obispos quizá vean peligrar los demasiados privilegios de que gozan  -en detrimento de otras creencias religiosas o de la nula creencia, agnosticismo o ateismo- y salen mintiendo con el propósito de arengar a los más fanáticos de los suyos contra el Gobierno Socialista. Y obviando  el octavo mandamiento de la Ley de Dios,  -"no dirás falso testimonio ni mentirás" -, tergiversa lo dicho por el Gobierno, para afirmar que "si se expulsa a la iglesia del espacio público, la vida religiosa sería una parodia o una pura ficción".

Curiosas estas palabras de Osoro, porque él mismo minimiza el "valor" de lo sagrado de la iglesia católica al supeditarlo a su exposición en el espacio público. Cualquier creyente católico debería sentirse ofendido por esta superficialidad de Osoro, ya que la creencia y, sobre todo, la práctica de la palabra del Cristo, están mucho más allá de la simple presencia de determinados símbolos diseminados por doquier.

Habla también Osoro de "idolatría política, ya que el partido, la nación o el Estado se presentan como si fueran valores superiores a los que debe supeditarse todo, también lo religioso". Considero que Carlos Osoro es una persona inteligente y que ha comprendido a la perfección el propósito del legítimo Gobierno de la nación; por ello mismo su pecado contra el octavo mandamiento es todavía mayor.

El Gobierno pretende, en cumplimiento justo de la Constitución, que todas las confesiones religiosas presentes en España tengan los mismos derechos y las mismas obligaciones; simplemente eso. Todo lo añadido es pura mentira y demagogia. Estos señores de las sotanas lo que temen es perder los privilegios de los que todavía gozan, en detrimento de otras creencias religiosas. Ellos se consideran los dueños de la auténtica verdad; reciben sustanciosas subvenciones estatales;  incrementan su patrimonio, cuya rehabilitación corre a cargo de las arcas públicas; gozan de un poder terrenal anticristiano -mi reino no es de este mundo-, al que no están dispuestos a renunciar; se alían con los poderosos, que desconocen también  el séptimo mandamiento: "no robarás".

Han paseado bajo palio a uno de los más cruentos asesinos de la historia reciente, Francisco Franco, olvidando igualmente el quinto mandamiento, "no matarás".

Estos mandamases de la iglesia católica, que tan sólo parecen preocupados por el sexto mandamiento, lo olvidan también si son ellos los que lo vulneran, abusando de criaturas indefensas. Cinismo y soberbia es lo que les sobra, quizá también un mucho de barriga  (no puede decirse que se alimenten mal). Sólo creen en la palabra evangélica unos pocos, que abandonan las comodidades terrenas y marchan a países pobres y devastados para ayudar a los enfermos y hambrientos, compartiendo sus calamidades; éstos sí que creen y practican la palabra de Jesús. Y lo mismo hacen otros misioneros de otras religiones que, además de subvencionarse con los donativos de sus propios fieles, sin pedir nunca jamás ayudas a los poderes públicos, se sacrifican por el prójimo enfermo o necesitado allá donde se encuentre, sea Haití, Guinea o cualquier parte del mundo, donde el hambre, la enfermedad y la miseria se ciernen sobre los pobres indígenas; igualmente ellos les llevan la palabra evangélica a través de sus ayudas y la entrega de su persona.

¿Acaso no tienen derecho todas las religiones a ser respetadas por igual? Evidentemente que sí, pero justo eso es lo que no quiere la curia católica, que mantiene una afinidad sospechosa con este PP de la corrupción. El apoyo es mutuo y recíproco. Nunca en los años de democracia, las sotanas habían sacado tantas veces a pasear a sus polillas de la manita de los más recalcitrantes del PP como durante el gobierno del presidente Zapatero. Su meta es que nuevamente mande la derechona para seguir siendo ellos los amos. Ni el Evangelio ni la práctica de la sagrada Palabra les importa un comino. Tan sólo quedarse como única religión para adocenar a las gentes y evitar que piensen; cuanto más borregos, mejor.

Y con esta finalidad, se aprovechan del poder mediático del púlpito, para mentir y confundir a un pueblo demasiado pobre de espíritu.

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