jueves, 9 de junio de 2011

LA ESCLAVITUD DE VIVIR SOLO DE LA POLÍTICA

El Príncipe, de Maquiavelo
Se puede ser simpatizante, incluso militante, a lo largo de la vida, de un partido político. Hay momentos de ilusión, otros de desengaño, incluso sentimos ganas de echarlo todo a rodar. Es en ocasiones semejantes cuando el criterio de cada cual surge de una forma u otra. Pero la personalidad propia aflora así como la capacidad de análisis acerca de cómo está actuando 'nuestro' partido respecto a las circunstancias que acaecen en el presente.

Pero qué triste debe de ser meterse en un partido para vivir de él, sin oficio propio ni beneficio. Aquí surge lo peor del ser humano, el egoísmo más agresivo frente a los demás 'compañeros'. La innobleza se adueña del alma. La sinceridad se convierte en algo absolutamente desconocido e inexistente. El de al lado quizá tenga el cuchillo preparado contra mi persona, por lo que he de matar primero y así subsistir en ese dolce far niente, como muchos consideran que es la cosa pública.

En ese afán de ser 'mantenido' se pierde la coherencia propia y la capacidad de crítica. Hay que ser lacayo del 'lider'. A todo, sí bwana. Ni se piensa. Se deja de ser pensante. Pura marioneta en lugar de ser humano.

Y aquellos más inteligentes, con tal de perpetuarse hasta que la edad de la jubilación los obliga a marcharse a casa, se transmutan en resbaladizas anguilas y jamás podremos oír de sus labios palabras creíbles. Saben si que sus mandamases obran bien y su contrario. Pero sus opiniones, si les preguntamos, son puros sofismas.


El Roto: político jurando el cargo

¡Qué triste! Sin dignidad, ni libertad, ni criterio propio para poder expresar los pensamientos propios. La mordaza.

La política debería ser la más noble de las actividades. Administrar con honradez el dinero de todos y cumplir éticamente el mandamiento de la ciudadanía. La duración en cargos públicos no debería pasar de los ocho años. Quizá así se podría evitar el enquistamiento  de tantas actitudes prepotentes y los enriquecimientos ilegales. La corrupción habría de estar fuertemente penalizada.

Posiblemente, solo posiblemente, los defectos señalados y que tanto han llegado a cansar a la ciudadanía podrían minimizarse, y tal vez desaparecer. La grandeza del servicio público volvería a adornar a los políticos. Volvería esta profesión, la Política, a poder ser escrita con mayúsculas, y de su respetabilidad emanaría recíprocamente el respeto ciudadano.

¿Tan difícil es?

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